No, no me gusta como soy, y no me refiero a como persona, aunque mi aspecto quiera o no terminó condicionando mi forma de ser.
Cual piedra preciosa supongo que todo el mundo ha de pulirse día a día, igual no como una joya, si no simplemente como una roca, que tras rodar y rodar va desgastándose.
Nuestro carácter se pule, nuestra energía se desgasta, todo nos cambia.
A pesar de ello si cierro los ojos consigo quererme, o incluso con los ojos abiertos, si estos se centran en mi rostro, pero el resto…
Sé a donde no estoy dispuesta a llegar para cambiarlo, pero de la misma forma sé como me gustaría que fuera, quizá solo un poco más, un poco más que poco. Mucho más.
Quitarme este traje que me envuelve, este que llevo desde hace 15 años y con el que me he acostumbrado a vivir.
Pese a la carga he vivido mi vida, la he disfrutado, y he sido feliz. Sí, no he permitido que me robe la libertad con la que todos nacemos. No eso no, el camino ha sido más difícil de recorrer en algunos momentos, pero tampoco podemos culparlo de todo.
Las modas pasan el estilo es eterno. De esta frase hice mi capa, y de esta capa sigo tirando cuando me veo reflejada en un escaparate.
No puedo negar el deseo de estar al otro lado. Ese lado en el que el traje no te preocupa, ese lado en el que realmente el físico no importa. Básicamente porque el que tienes es casi igual que el de todos.
Ser diferente no es tan difícil como parece. Pero cansa, cansa muchísimo.
No, no me avergüenzo de ser como soy, por lo menos no ahora, por lo menos no siempre.
A veces solo con decirlo, el traje pesa menos, o te ayuda a correr para hacerlo más ligero.
Desnuda, con los ojos cerrados, me veo como pude ser.

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