Estaba allí sentada, tomando café, leyendo un libro.
Llevaba una falda de punto, que marcaba sus prominentes curvas, larga pero con dos aperturas a los costados que dejaban ver sus piernas, las botas de caña hasta la rodilla, las medias que subían hasta el muslo. Una chaquetilla también de lana, abierta sobre una blusa negra, más bien transparente, de escote pronunciado, podías ver asomar su sostén, en color chocolate, resaltaba sobre su pálida piel salpicada de centenares de pecas.
No sé de que era su libro, solo sé que en el momento que se giró a mirarme, sonreía.

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