No escribo tanto de golpe, bueno, a veces sí, pero no suelo tener esa libertad, ahora lo hago de noche, en esas horas en las q el sueño no quiere recogerme lo hago.
En mi cama, mi enorme cama., allí, con luz o sin ella, con las estrellas sobre mí, allí escribo, con el portátil.
Tapada por las mantas aún, resistiéndome a los pijamas, no sé llevarlos, me limitan movimientos, yo no sé estar quieta en la cama, y el pijama se me enreda en el cuerpo, una camiseta, si es de tirantes mejor, sin sostén, mi madre siempre me decía q era malo dormir con los aros, y ahora ya no sé. La camiseta, la ropa interior y mantas, muchas mantas, para q cada una acabe a un lado de la cama al despertar.
Así escribo, en la penumbra, boca abajo, con la mirada en las letras, si lo pienso esa imagen podría resultar hasta sexy, pero no lo es, el pelo suelto y desubicado, y mi complexión se cargan el momento, pero yo ahí me libero, sin nada ni nadie, se me caen solas las palabras, hasta las digo a veces en susurros mientras las trascribo.
Muchas mueren ahí, en un archivo más, otras las traigo aquí, supongo q las q dejo morir son las q no quiero volver a ver, las q me duelen o son demasiado intimas para verlas, cuando uno está mal no suele mirarse al espejo.
Cada noche una página, o dos, o hasta q mis parpados deciden cerrarse, escribo, dibujo, observo…
Cada noche una historia, una reflexión, un deseo y la imaginación lo desarrolla, cada noche un nuevo mundo, palabras q lo componen, imágenes q lo pueblan, imágenes q veo a través de mis ojos cerrados. Palabras q pueden convertirse en sueño.

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