Cada día me levanto, puedo decir que sea a la hora que sea en el despertador, yo siempre tengo la sensación de llegar tarde.
Cada día recorro las mismas calles, por las mismas aceras cubiertas por el mismo adoquín, cruzo en los mismos semáforos y atravieso cada día el mismo parque, él puede ser que cambie, sus flores cambian y sus árboles se engalanan o se desnudan según el aire.
Cada día espero el mismo tren, y maldigo ese retraso que ya sé que tiene y que realmente no me sorprende.
Podría cerrar los ojos y hacer ese mismo camino, guiada por la fuerza de la costumbre, y la tranquilidad de lo conocido.
Cada mañana pienso algo parecido a lo que ahora escribo, estas frases aparecen en cuanto piso el parque, allí empiezo a enfrentarme a la obligación de un trabajo, y allí mi mente intenta alternar su obligación con mis sueños.
En los últimos días hay algo que se diferencia, al cruzar ese parque, he tenido que cambiar mi camino, una obra me da la excusa para esos segundos, ese momento en que atravieso el césped, sí no lo rodeo, lo atravieso, una vez llegue el invierno dejaré de hacerlo, pero ahora no.
Ahí nace mi primera sonrisa cada día, en el momento en el que ese césped acaricia mis pies desnudos gracias a las sandalias, ese cosquilleo de las hojas conjugado con la humedad del rocío, ahí en ese momento, ahí la rutina se transforma en magia.

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