martes, 8 de junio de 2010

Felicidad, que bonito nombre tienes...

No es fácil hacerse entender.

Aunque lo malo no es que no te entiendan, lo peor es que la persona que mejor ha de conocerte ni siquiera se esfuerce en intentarlo, o que evite la conversación por si en parte de ella le salpica la culpabilidad.

No, no soy feliz.

Y cuando lo dices siempre alguien te reprende, te juzga por quejarte, y compara tu existencia con la de otros más desafortunados que tu. Pero no, a mí eso no me vale, yo no me consuelo pensando que hay gente que está peor. Simplemente no me consuelo.

Supongo que ahora mirando atrás puedo decir que era feliz y no lo sabía, que tenía todo lo que se puede desear y no lo apreciaba, aunque sinceramente no sé si me convence la idea.

Siempre nos falta algo, siempre. A mí me han tildado de cómoda o conformista por tener una vida que hoy puedo llamar plácida. No, no era cómoda, tenía lo que necesitaba, y me alegro de haberlo tenido, sé que en determinados momentos ansié el desorden de la aventura pero siempre desde la seguridad de volver a lo que tenía.

Sí, no he perdido nada realmente, podríamos decir que todo sigue aquí, y sí, sería cierto, pero yo no soy como era, ya no.

Hace unos días cumplí 31 años, sin gloria ninguna, y con pena sin gracia, no por los años cumplidos, hasta eso dejó de preocuparme por ahora, me dejé la coquetería guardada con la ilusión, y creo que se me ha olvidado donde metí la llave.

He cambiado tanto que hasta se me escapan las penas por la boca, yo nunca supe contar lo que sentía, me quedaba mi pena para mí y cuando conseguía domarla la tiraba por el sumidero más cercano, quedando entre nosotros mis lágrimas y desesperación.

Ahora no, sin darme cuenta se me caen, y hago participe a la gente de mi desgana, y aunque eso debería aliviarme, no lo hace. Me estoy volviendo intolerante, o egoísta, o simplemente tan pesimista q siento que no vale para nada expresar lo que siento, o me da la impresión de no ser escuchada, o tomo todo como una crítica en vez de cómo un intento de auxilio.

Aunque hay gente que no sabe ayudar, y eso duele tanto. Quiero pensar que es miedo, miedo a que se les culpe en parte de mi desilusión, a sentirse parte de mis lágrimas, pero incapaces de enjugarlas, prefieren poner el grito en el cielo y hacerme sentir más débil si cabe.

No culpo a nadie, ni siquiera a mí misma, no tengo fuerzas. He perdido tanto en el camino que no tengo ganas de volver atrás y recuperarlo, no quiero ir a objetos perdidos a reclamar lo que ya no tengo, igual nunca fue mío, o tristemente ya no quiere seguir siéndolo.

Mis más sinceras disculpas a todos aquellos que al leer esto consideren que siempre me estoy quejando, a aquellos que piensen que no veo la luz, a aquellos a los que la tristeza les asusta y piensan que esconderla es más fácil que afrontarla, lo siento pero no es así.

No me quejo, realmente ahora no me siento especialmente triste, ni siquiera sé si lo estoy si quiera, sí, veo la luz, si no la viera no podría seguir andando, y aquí estoy caminando, no escondo nada, me niego, me río cuando puedo, y cuando lo hago lo disfruto como nada, y lloro cuando lo necesito, porque llorar me limpia el alma.

Sonríe, sí, sonríe, que eso suele ser contagioso, y reír siempre hace falta.

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