martes, 8 de junio de 2010

Juan

Cada vez que le veo el corazón se me hace trocitos, voy notando como se abre cada grieta. Ayer le vi, estaba allí, casi a mi lado y él no lo sabía, no sabía que yo estaba allí, ni siquiera sé si él sabía dónde estaba, sé que no podía imaginarse que sentía yo.

Nunca debió ser un hombre apuesto, eso sí, la elegancia aún la conserva. Sigue llevando su chaqueta y su ¿gorra?, ¿boina?, no sé como se llama ese tipo de sombrero. Hoy en día debe ponérselo su hija. Siempre fue tan educado y dulce.

Fue maestro, ahora no es capaz de comer solo.

Recuerdo aquella cena en la que yo me vi sumergida, recuerdo el momento en el que sonó la internacional, y él fue uno de los que se levantó puño en alto y lágrimas en los ojos a cantar en grito una canción que yo después de todo, aún hoy desconozco.

No puede salir solo a la calle.

Solo es mi vecino, pero no puedo evitar las grietecicas estas que me rompen desde adentro. Por él si dejo que broten esas lágrimas con las que tanto peleo.

Usted no leerá esto. Ni nadie que le conozca, pero tenía que contarle a alguien como a mí el Alzheimer me destroza el alma cada vez que lo veo en su mirada perdida.

Un beso Juan, esté donde esté su capacidad para sentirlo.

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